30 agosto 2007

Este día teníamos pocas cosas que hacer, pero quizás fuese una de las cosas que esperábamos con más ansias.  Visitar el Museo Ghibli en Mitaka.

La hora que teníamos de entrada al museo era a las 16 y la salida a las 18, por lo que decidimos no madrugar mucho y visitar Mitaka.

La verdad es que Mitaka es una ciudad diferente, y es que se nota que es donde está el Museo Ghibli. El emblema de la ciudad está diseñado por Miyazaki y su mascota se llama Poki.

Nuestra idea era visitar los alrededores del Museo, por lo que mirando un plano que había a la salida de la estación decidimos ir andando siguiendo un canal.

Tardamos un rato en llegar a un parque con columpios en el cual había un curioso reloj diseñado de forma peculiar y con un buho (de mentira, por supuesto) arriba del todo.

Como ya llevábamos un buen rato caminando y no llegábamos al museo, decidimos que lo mejor era volver a la estación y coger allí el autobús.

Antes de eso nos dimos una vuelta por unas calles comerciales que había cerca de la estación (¡con escaleras mecánicas en la calle!) donde incluso había un grupo callejero tocando música clásica. Y aunque no entienda de ese tipo de música, era una auténtica pasada.

Dimos una vuelta por el barrio, entramos a una sala de máquinas y a una tienda de libros y después nos fuimos a comer a un McDonalds. Después de comer ya cogimos el autobús para ir al museo.

La verdad es que enseguida supimos cual era el autobús que nos llevaba al museo, ya que estaba decorado muy al estilo Ghibli.

Aún era pronto y decidimos entrar a un Lawson a refrescarnos un poco con el Aire Acondicionado (si, lo que leéis  entrabamos a los Conbini con esa intención), lo curioso era el cartel pintado a tiza que había fuera y una parada de autobús cercana con un Totoro arriba que estaba delante de una tienda dedicada a Ghibli.

Dimos una vuelta buscando unos lavabos y vimos que detrás del museo había una pista de atletismo y unas pistas de tennis donde estaban practicando a pesar de la lluvia.

Mientras los otros dos descansaban en un banco esperando a que llegase la hora para entrar, yo me volví a dar una vuelta alrededor del museo donde pude ver alguna cosa desde el exterior, como el Totoro en una taquilla, los emblemas estilo Ghibli en unos toldos y el exterior de la cafetería del museo.

Cuando volví donde estaban ellos, ya era casi la hora de entrar, por lo que nos dirigimos a las taquillas a que nos cambiasen las reservas que sacamos en un Lawson por un fotograma de una película de Ghibli que era el ticket de entrada.

Al enseñarle la entrada a un chico para poder entrar, nos dijo que no se podían hacer fotos en el interior.

Que decir del interior, te transportaba a uno de esos mundos típicos de las películas de Ghibli con una gran cúpula en el centro, escaleras y ascensor para ir a las diferentes plantas, una sala de cine, un gatobús a tamaño real para que jugasen los niños un estudio con los componentes de Ghibli caricaturizados y con originales de las películas y una zona del museo que suele estar dedicada a un cuento o historia no japonesa, que ese año era de Los Tres Ositos.

Y es que la verdad parecía que entrabas en la casa de los osos de verdad, con mesas, sillas y camas enormes.

Un museo diferente, ya que podías elegir que hacer e incluso buscar cosas escondidas, como una pareja de gatos asomados a una ventana, y otras cosas más.

También habían zonas exteriores, donde si podías hacer fotos. Por desgracia me había olvidado de cargar la batería y como la cámara de Óscar era igual, tuvo que dejarme la suya.

La verdad es que dos horas se pasaron volando, y menos mal que no vimos el corto especial para el museo que se proyectaba, que si no no nos hubiese dado tiempo a nada.

Roppongi

Esa misma noche fuimos a dar una vuelta por Roppongi, pero aparte de caminar un buen rato por una gran avenida, solo vimos el Roppongi Hills desde fuera.

Después cuando volvíamos en el metro vimos a la mayoría de japoneses borrachos ya que venían de celebrar el fin de la jornada laboral. Y para colmo estaban a punto de cerrar la estación, por lo que todo el mundo estaba corriendo como locos mientras los del metro gritaban (no se que gritaban) para que la gente se diese prisa.

Como era el metro y no la JR bajamos en una estación llamada Meguro y que no sabíamos donde nos había dejado, por lo que decidimos ir caminando a ver si dábamos con el hotel.

Por casualidad encontramos una tienda de Manga de segunda mano en el que vendían colecciones completas a muy buen precio, aunque no compre nada porque estaban a punto de cerrar.

Al salir de la tienda nos fuimos en busca del hotel, y no nos costó mucho encontrarlo.